
La obra, basada en una novela de Sándor Márai, se centra en dos amigos que se reencuentran tras cuarenta años.
Publicada en 1942, la novela del escritor húngaro Sándor Márai establece la relación entre dos amigos, Henrik y Konrad, que se reencuentran luego de cuarenta años. Y en esa coordenada, el autor sumerge a sus personajes para dar cuenta del sedimento de las relaciones humanas, los deseos, la amistad, la vejez, el amor y su deterioro; así como también, omisiones y silencios de un pasado tristemente compartido.
El estilo de Márai se caracteriza por ajustadas descripciones y la minuciosa composición de situaciones y ambientes donde acciona la voz de los personajes. De hecho, El último encuentro es un monólogo hilvanado sobre las impresiones y detalles que recolecta Henrik. Y en este punto, el material devela su teatralidad, explorada en la versión de Christopher Hampton que Gabriela Izcovich dirigió con las actuaciones de Hilda Bernard, Duilio Marzio y Fernando Heredia.
El trío suma 259 años, con el aplomo y oficio que esto significa para el desarrollo de un espectáculo. Su trabajo conmueve tanto por el esfuerzo como por el resultado que logran en sus interpretaciones. El último encuentro, es una obra de texto, con una puesta basada en los matices de la palabra y el decir, pese a la utilización de micrófonos y el sistema de audio de la sala.
Henrik (Marzio) cita en su vejez a Konrad (Heredia), luego de una amistad inseparable durante la infancia y la juventud, para cenar en su mansión. Adinerado y con pasado militar, el anfitrión elabora preguntas sobre la ausencia de su amigo Konrad, un apasionado pianista, que dejó súbitamente la ciudad, se fue al trópico y borró todo rastro.
Sin embargo, la charla se deshilacha y deviene en un monólogo del dueño de casa. Henrik y Konrad, procesan el dramatismo y la verdadera figura donde recaen las preguntas de esa noche: Krisztina, esposa de Henrik.
Mientras ellos recorren los detalles de la traición que no terminan de dilucidar, Niní (Bernard), ama de llaves, interviene con reflexiones y ejecuta un procedimiento que remarca a los espectadores la ficción. Bernard se sienta en la platea, pide mayor iluminación en una zona del escenario, habla en el proscenio del vínculo casi maternal de su personaje con Henrik.
La atmósfera entre los amigos se basa en una iluminación de claroscuros que, lamentablemente, no se profundiza. Se esboza la utilización de una lámpara de mano, aplacada rápidamente por una luz cenital sobre los protagonistas. La escenografía recrea
un living, con hogar y antiguos muebles. Un espacio convencional donde las preguntas entre Konrad y Henrik no se responden sólo con palabras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario